Así como la grandeza de un hombre reside en el tamaño de sus sueños, la intensidad de un artista parece ser medida hoy por el misterio que genera su obra. Tal es el caso de Leonardo Da Vinci, genio del Renacimiento y sinónimo del saber universal. Por estos días, miles de personas de todo el mundo visitan la Galería Nacional de Londres, donde se abrió una muestra que reúne dos de las obras más singulares de Leonardo: las Vírgenes de las rocas. Una de ellas pertenece a la misma Galería Nacional y la otra forma parte del patrimonio del Louvre. Recuerdo haber visto ambas, en sus lugares originales, y aún me dura el desconcierto. No tanto por la belleza de las pinturas, sino sobre todo por su insondable misterio. Creo que las contemplé por un largo tiempo, tratando de decodificar los signos que, según algunos expertos, se esconden entre la Virgen, Jesús y Juan el Bautista, y que hablan de antiguos secretos esotéricos. Sinceramente, no pude descubrirlos. Sin embargo, comprendí que toda la obra de Da Vinci es difícil de desentrañar. Además de sus pinturas (también me perturbó la minúscula Mona Lisa), la escritura de izquierda a derecha y que a veces requiere espejos, hace que la lectura de los manuscritos de Leonardo sea extenuante. Y también están sus fábulas, sus informes hilarantes, sus extrañas recetas de cocina y su obsesión con la "divina proporción" que plasmó en "Hombre de Vitruvio". Un claro ejemplo de que, según Leonardo, el hombre contiene a todo el universo.